La generación del Medio Siglo —tema permanente e interminable— se viene dando el lujo, lujo por demás costoso para el éxito de la misma, así como para quienes la ejercen, de ser casi exclusivamente una generación política.Cualquiera de mis coetáneos, de manera sincera, honesta y casi innata, aspira por sobre todas las cosas a ser un político. Ir a la Cámara, ser Ministro y ser un “personaje” nacional es su primera inquietud. Sobra decir aquí que hablar de “personaje” entre nosotros y nombrar que es político es caer en el pleonasmo. Mi generación, en consecuencia, se dio clara cuenta de que José Umaña Bernal, Caballero Calderón, López de Mesa, Jorge Rojas, entre otros, son mucho menos nacionales que, por ejemplo, la más sobresaliente de las mediocridades que en el Parlamento se sienta de legislatura en legislatura.Mi generación nació al plano nacional, de otra parte, mediante actos políticos. No llegamos al escenario de los acontecimientos como resultado de haber formado una escuela filosófica, organizado un grupo intelectual o haber expedido una serie de postulados serios con carácter social que nos agrupara dentro de un movimiento formal, propio de una generación nueva. Nuestras raíces como grupo histórico se hallan enterradas en un acontecer exclusivamente político: la reacción ante una dictadura y las consecuencias que de esta se desprenden muy excepcionalmente para la juventud.Pero el problema no está en la razón de nuestra inicial causa de ascenso. Lo negativo, lo grave y lo seguramente adverso es que aún hoy continuemos pensando, obrando y hablando como animales políticos y… nada más.A muy pocos de mis coetáneos les seducen el laboratorio y la investigación; la literatura divorciada del discurso ideológico; el trabajo anónimo en servicio de la nación. Muy pocos soportan el silencio en torno de su nombre y saben muy bien, demasiado bien, que salir a la luz pública es más fácil mediante la acción política que escribiendo un artículo sobre Aristóteles, tomando parte en una mesa redonda en torno al problema educativo o dictando una cátedra universitaria. Quizá ello hace, en gran parte, que nuestra generación, con excepciones respetables: Rafael Puyana, Botero, Galat, Vásquez Restrepo, Montaña, Santa, Umaña Luna, Gonzalo Arango y otros igualmente importantes, todos los restantes solo estén pensando, antes de leer y saber, en ir al Congreso, al gabinete o a la diplomacia.Cabe entonces preguntarnos: ¿Por qué no dejamos que Diego Uribe Vargas, Lozano Simonelli, Miguel Santamaría, Eduardo Kronfly, Charry Samper, Jaime Posada, Pacho Zuleta, Ramírez Ocampo, Alberto Dangond, Laureano Delgado y no pocos más, muy respetables, sean quienes hagan la política y en ese campo y ciencia representen a la generación?El momento nacional le está exigiendo a la generación del Medio Siglo una actitud responsable. Para asumirla, primero debemos convertirnos en una generación integral, estructurada y equilibrada. En una generación dentro de la cual, a la vez que Uribe Vargas habla en el Parlamento, Galat interviene en la Universidad. En donde, mientras Zuleta habla en cualquier plaza pública, Umaña Luna escribe lo que esa misma masa piensa, espera y sufre. En una generación dentro de la cual, a la vez que Santamaría Dávila hace una exposición de economía política, Botero pinta y Michelsen Uribe gerencia una institución bancaria. Una generación que pueda darse el lujo, y puede dárselo, de que mientras Lozano Simonelli es un dirigente, Serpa Flórez hace investigaciones científicas y Gutiérrez Girardot las realiza en el terreno de la filosofía. Una generación que se compone de conciudadanos como el P. Camilo Torres, quien busca soluciones para nuestro pueblo en el estudio de la sociología, y Rafael Puyana, que ejecuta a Bach en cualquier renombrada sala de conciertos del mundo.Creo importante pensar en estas cosas. Me parece que deba ser tema de meditación el hallarse soluciones a la actual anarquía de los valores. Tengo la certidumbre de que los mismos bien pueden llegar a ser inoperantes si no nos esforzamos en que ellos actúen dentro del campo mismo de sus conocimientos, sus inclinaciones y sus capacidades. Debemos imponernos la tarea de acabar en Colombia con esa grave falla que nos ha conducido a los problemas que hoy vivimos, como es aquella de improvisar.Sería fatal respuesta de nuestra parte al país ofrecerle, con los años, todo un mosaico de aspirantes a dirigentes políticos, mientras, de otra parte, la cultura, la ciencia, las artes, las investigaciones y la alfabetización siguen siendo profesiones de segundo orden.Creo que no es, ciertamente, difícil aceptar estas cosas y menos todavía remediarlas.En síntesis: ¡debemos hacer algo!Alberto Baldoví HerreraEn la sección “Temas Libres” del diario El Tiempo apareció un artículo de Alberto Baldoví Herrera titulado “Además de política, ¿qué?”, al que respondió Camilo Torres dos días después, el 15 de septiembre de 1963. Consideramos de bastante interés la publicación de los dos artículos, ya que el uno plantea un problema que con cierta recurrencia se ha tratado en Colombia, no solamente en relación con la generación a la que se alude, sino respecto a las anteriores y siguientes. La respuesta de Camilo Torres, con extremada claridad, expone la causa del fracaso de esa y las demás generaciones.