El 3 de febrero se cumplieron 87 años del natalicio de Camilo Torres Restrepo y el próximo 15 de febrero se cumplirán 50 años de su muerte en Patio Cemento, Santander. Camilo se hizo sacerdote católico el 29 de agosto de 1954 y capellán de la Universidad Nacional en 1959.

 

En ese mismo periodo fue fundador conjuntamente con el sociólogo y pastor menonita Orlando Fals Borda de la Facultad de Sociología de la misma universidad; trabajó en el Incora en las tentativas de reforma agraria de la época; adelantó estudios sobre las causas de la violencia en Colombia y sobre el poblamiento urbano y los procesos productivos en Bogotá; en 1965 fundó el Frente Unido del Pueblo, como una iniciativa social y política de transformación del país; y ante las múltiples confrontaciones y desencuentros con poderes de la época, se hizo clandestino y durante cuatro meses se vinculó al ELN antes de su muerte en combate.   

 

Múltiples sectores de la vida académica, de la política, el periodismo y de iglesia han expresado en este periodo algún criterio en relación con el lugar en la historia que tiene el Padre Camilo en el siglo XX y se han marcado múltiples posiciones en relación con las repercusiones de su legado y sacrificio. En particular la petición del hallazgo del cuerpo, las gestiones inmediatas que han anunciado su búsqueda y el desarrollo de una investigación forense oficial al respecto, han generado ya un importante debate sobre la historia del último medio siglo. El país se pregunta en el cincuentenario de la muerte del presbítero, por la historia de una vida que se entregó en medio de la apuesta por la transformación social del país  y de grandes autismos de la Colombia de entonces.

 

Hay quienes reducen su legado a un testamento incubado en medio de la guerra fría que devino en una ampliación de la violencia política; en oposición a esas consideraciones hay quienes reconocen en él un visionario y un profeta de las causas populares; desde esas lógicas encontradas hay señalamientos y sospechas; por ejemplo en el caso del cuerpo, hay grandes preocupaciones por la apropiación del mismo y de su memoria como símbolo de uno u otro lado de la polarización de nuestra sociedad. Esta circunstancia es entendible dada la naturalización de la muerte, de la victimización y de los odios que nos hereda el largo periodo de enfrentamientos violentos.

 

Lo cierto es que por estos días al Padre Camilo le han salido muchos contradictores, pero sobre todo muchos amigos, conocedores, investigadores y actores políticos que hablan en su nombre y que lo reivindican para la causa actual. No hay universidad o centro de estudios sociales que no tenga señales de la presencia intelectual de Camilo, no hay escenario de los movimientos sociales o de expresiones políticas que no tenga presente sus apuestas históricas; sin duda, en su iglesia, importantes sectores no son indiferentes a los signos de su espiritualidad y su tragedia.

 

En ese contexto, la búsqueda del cuerpo de Camilo, su entierro, no deberían ser objeto de sospechas, ni de malestares, son quizás una señal, un camino que la memoria de Camilo nos indica; es necesario buscar a los desaparecidos de la guerra, es necesario que hagamos memoria de los seres humanos que hemos malogrado en este conflicto; enterrarlo es un gesto sensible, respetuoso y de reconciliación; la búsqueda de sus despojos mortales es también la búsqueda de su pensamiento, de sus ansias de transformación del país, de su espiritualidad liberadora, de sus programas de cambio cultural. 

 

Pasarán los días de conmemoración y entonces lo que quedará es lo que esta memoria larga nos guarda como expresión del itinerario espiritual de un pueblo que busca su propia fisonomía, que quiere transfigurar sus desencuentros en apuestas de unidad en la diversidad y que entiende que los caminos de la justicia, del respeto a los derechos humanos, de la fraternidad y la solidaridad con los más vulnerados, son el sustento de un camino de trasformación de nuestra cultura y de nuestras relaciones sociales. Por esa razón en esta ocasión, antes que su muerte, queremos rescatar su legado vivo que se manifiesta en los jóvenes que estudian y construyen alternativas, en las comunidades que perviven sembrando la vida fraterna, y tras las prácticas académicas, religiosas, políticas, que entienden el criterio del amor al prójimo como un sentimiento de acogida, básico para una práctica de buen vivir; es decir, como referente de un nuevo país, un país digno.  

 

Observatorio de Realidades Sociales

[FUENTE: http://observatoriorealidades.arquidiocesiscali.org/semanarios/camilo-torres-restrepo-un-itinerario-espiritual.html]