Mensaje a los presos politicos

El pueblo colombiano debe comprender que la minoría que hoy tiene el poder, no nos lo va a entregar sin defenderlo. Es necesario recordar cómo fue de dura la lucha contra los españoles el siglo pasado y cuántas penalidades debieron pasar los revolucionarios de esa época.

Puede decirse que un buen termómetro para saber si una persona o una organización son revolucionarios, consiste en darse cuenta si la oligarquía la persigue o no. Entre más revolucionario sea, con toda seguridad más la va a perseguir. Tanto los extranjeros como la oligarquía saben distinguir muy bien quien quiere verdaderamente arrebatarles el poder para dárselo al pueblo, y quién sólo busca ventajas personales o de otro tipo.

La oligarquía sabe así cuáles son sus verdaderos enemigos, y a esos es a los que persigue con saña. Por eso Nariño, por ejemplo, que peleó con las armas en la mano y que no buscaba solamente ventajas para los criollos ricos sino mejorar la suerte de todo el pueblo, tuvo que pasar tantos años en la cárcel, combatido no solamente por los españoles, sino también por muchos "próceres" pertenecientes a la oligarquía de entonces, de la cual descienden los "próceres" de ahora.

Por eso la oligarquía nos va a perseguir cada día con mayor ferocidad. Cuando se dé cuenta de que sí estamos decididos a llegar hasta las últimas consecuencias en la lucha por la toma del poder para el pueblo, esa minoría que no ha vacilado en lanzar al país a la violencia, en vender la soberanía al extranjero, en convertir a nuestros soldados en un ejército ocupante de su propia patria, esa minoría a la que no le ha temblado la mano para mandar asesinar a los dirigentes populares, va a lanzar contra el Frente Unido del Pueblo y contra las organizaciones populares todo el peso de su aparato represivo.

Eso no nos debe sorprender, ni nos debe asustar. La oligarquía tiene una doble moral, de la cual se vale, por ejemplo, para condenar la violencia revolucionaria mientras ella asesina y encarcela a los defensores y representantes de la clase popular. Es la misma doble moral que tienen los Estados Unidos, que mientras hablan de paz, están bombardeando a Viet Nam y desembarcando en Santo Domingo. Por eso se entienden tan bien. Pero como nosotros sabemos que a todo el pueblo no lo van a poder encarcelar, ni los campesinos armados y organizados se van a dejar echar al mar, no nos asustamos de la represión que realicen contra nosotros.

Yo ya he dicho que es un deber de los revolucionarios no dejarse asesinar. Que si nos persiguen en las ciudades, nos iremos a los campos, en donde estaremos en igualdad de condiciones con los enviados de la oligarquía. Desgraciadamente, no todos los revolucionarios pueden ni deben tomar esa medida extrema, y a muchos de ellos el gobierno de la oligarquía los apresará y quizás llegue, como todos los gobiernos tiránicos, hasta a torturarlos. Pero el revolucionario que sea apresado, no deja de ser por eso un elemento valioso en la lucha revolucionaria.

Desde la cárcel, el revolucionario debe dar ejemplo al pueblo de su valor y decisión, de espíritu, de sacrificio y de lealtad a la revolución. Su tiempo allí debe ser empleado en estudiar, en prepararse mejor para comprender la justicia de los ideales revolucionarios, en templarse más aún para el día en que recobre la libertad. Además, el preso político debe demostrarle a los guardianes y a los otros presos, que hay una diferencia profunda entre él y un delincuente común. El revolucionario debe exigir con su conducta que sus carceleros le den un trato de acuerdo a su condición de luchador por el pueblo. No hay nada más desmoralizador para el enemigo que nuestro propio valor, que nuestra propia entereza. Antes que sentir vergüenza por estar preso, el revolucionario debe sentirse orgulloso del temor con que la oligarquía lo ve, debe sentirse orgulloso de "sufrir persecuciones por la justicia".

Por su parte, la clase popular debe ver en el revolucionario preso un estímulo más para luchar contra la oligarquía. Debe ver en él a un combatiente de vanguardia, que merece todo el aprecio y todo el respaldo. Debe darle por consiguiente toda su solidaridad, a través de exigencias para que le sea devuelta la libertad y con actos concretos tales como hacerles llegar información, comida, dinero, cobijas, libros, etc. Sin embargo, la mayor ayuda que las organizaciones populares y los revolucionarios en particular, pueden dar a un preso, es aumentar su lucha. Es necesario que nuestro compañero privado de libertad sepa que mientras él está tras las rejas, miles y miles de hombres y mujeres luchan por realizar la revolución, luchan por devolverle su libertad. La mejor manera de evitar que haya presos del pueblo, es que el pueblo se tome el poder.

No importa, pues, que la oligarquía quiera atemorizar a los revolucionarios. No importa que ella claudique de sus principios "democráticos", y le entregue todo el poder judicial a los militares para lavarse las manos y obligar al ejército a que peque nuevamente ante los ojos del pueblo, condenando en consejos de guerra verbales a los revolucionarios. Quizás los propios militares lleguen a darse cuenta algún día de la hipocresía y la conducta farisáica de nuestras 24 familias millonarias y los políticos inescrupulosos que le sirven de voceros. Por nuestra parte, nada nos hará desistir de nuestra lucha por organizar al pueblo e ir con él hasta la toma del poder, cueste lo que cueste. Y lo decimos, porque sabemos que es una decisión de las mayorías, sin cuyo apoyo y participación activa, ni la cárcel, ni las penalidades de la lucha tendrían sentido ni esperanza.