Camilo Torres: un servidor de la humanidad

Cuenta un amigo que hace un par de años en Cuba, vio caminando en la ciudad de Santa Clara a un hombre viejo y alto, con el pelo y el bigote gris, paseándose todavía con su sombrero alón y que en sus ojos se veía la huella persistente de una vieja paranoia: hablaba solo en voz alta, miraba ansioso a su alrededor y a veces se reía de sus propias ocurrencias.


Este hombrecillo algún día tuvo mucho poder, pues fue nada menos que el comandante del Ejército de Liberación Nacional en Colombia. Y digo que tuvo mucho poder no porque tuviera al mando un verdadero ejército, ni porque fuera una amenaza real contra el sistema o establecimiento como decimos en Macondo, sino porque como Poncio Pilatos en la época del imperio romano, le tocó decidir la suerte de un hombre extraordinario, de esos que nacen muy de vez en cuando: Camilo Torres Restrepo.

Hoy cuarenta años después de aquellos sucesos, hay preguntas que todavía tiene sentido hacerse. ¿Cómo es posible que a un hombre de su dimensión política, sin experiencia guerrillera, se le ordene combatir casi desarmado y muera en su primer enfrentamiento en el afán de ganarse el fusil de su enemigo? La respuesta, además del heroísmo sentimental de la acción misma, también hay que buscarla en los tres meses y treinta y siete días que Camilo vivió en el monte. 

Su ascendiente con los campesinos era único: bautizó sus hijos, oró con ellos, se sentó a su mesa, curó enfermos, consoló desdichas, en otras palabras, esas gentes del campo, rudas y maliciosas quedaron hechizadas con su carisma y sencillez. Eso apenas era un botón de muestra de lo que hubiese sido la influencia de Camilo en la lucha armada y en la revolución colombiana. Un líder como Camilo, debió ser cuidado, incluso contra su voluntad (Fabio Vásquez dijo que no se pudo resistir ante su insistencia en combatir); debió ser cuidado como lo fue Fidel Castro en la Sierra Maestra, cuando muy pronto todos los combatientes se dieron cuenta que el destino de la revolución dependía de la supervivencia del comandante.

Jaime Arenas (otra de las víctimas del machismo y la esquizofrenia de Fabio Vásquez Castaño) sostiene en su libro "La guerrilla por dentro": "A Camilo se le arriesgó por parte del jefe del ELN en forma irresponsable… A Camilo no lo valoraron en su verdadera magnitud. En la guerrilla jamás se le llamó a reuniones dentro del Estado Mayor, ni se le asignó ninguna responsabilidad. Quien era el más importante líder popular colombiano no pasó de ser un soldado raso en la filas del ELN". Y a renglón seguido afirma: "…una elemental evaluación de todo cuanto significaba ha debido hacerse por parte del jefe del ELN, no solamente para darle toda su influencia política en el seno del Estado Mayor, sino aun para velar por su seguridad y no sacrificarlo torpemente…"

Estas palabras sellaron en definitiva su suerte y a diferencia de Salman Rusdie que pudo salvarse de la condena a muerte de Komeini por Los versos satánicos, Arenas sucumbió al crimen ordenado por el comandante del ELN, el 28 de marzo de 1971 en el centro de Bogotá, cuando dos cobardes le dispararon por la espalda.

Pero aquí lo que importa es contrastar para ver mejor. Sería conjeturar demasiado y sin bases firmes, pensar que Fabio Vásquez decidió conscientemente sacrificar a Camilo en Patio Cemento. Lo que si se puede deducir es un claro resentimiento de Vázquez y su gente contra todo lo que significara debate y cultura; y es evidente que la presencia de Camilo implicaba un aire fresco a esa capilla de incondicionales en que se había convertido el grupo de guerrilleros. El hecho mismo de mantener aislado a Camilo, siendo el que era, demuestra no sólo miopía política, sino quizá un oscuro temor del jefe de que su autoridad iba a ser minada por ese hombre de lejos muy superior a todos los que había conocido. Después de la muerte de Camilo, esa paranoia y dogmatismo arrastró consigo a tres líderes opuestos a la corriente de Vázquez Castaño: Víctor Medina Morón, Julio César Cortés y Heliodoro Ochoa Ardila, quienes fueron fusilados en la vereda Los Andes, de San Vicente de Chucurí, a fines de marzo de 1968.

Sin embargo, no es suficiente explicación lo dicho. Al fin y al cabo Camilo Torres era un adulto consciente de sus decisiones y de los riesgos que ellas implicaban. Sólo que vivió una época compleja, de grandes transformaciones en todos los órdenes de la vida, no sólo en la sociedad colombiana, sino en el mundo. Su drama, a pesar del tiempo histórico transcurrido, coloca unos contrapuntos y nos regala un espejo en el que todavía podemos mirarnos; juzgar su vida y destino parece fácil, sobre todo sentado ante una mesa doméstica y a una prudente distancia de los conflictos.

Camilo Torres es un hijo de esos tiempos, pero es un hijo extraño que "traiciona" a su clase. Hay una primera estación en su vida que es la estación de la sensibilidad; Isabelita, su madre, nos cuenta infinidad de anécdotas que retratan esa alma sensible y solidaria con la gente humilde; muy pronto, de modo instintivo, el niño advierte que las patas del mundo están cojas, que su propia condición de privilegios es algo que choca con su temperamento. Vive en esa Bogotá, todavía parroquial que se despereza de la hegemonía conservadora y que le pasara su cuenta de cobro a Isabelita, cuando se separa de su padre y lleva una vida soltera siguiendo "formalmente" casada.

Es paradójico, por decir lo menos, que en la cúspide de su adolescencia y en el alba de la violencia, decida enclaustrarse lejos del mundanal ruido. Es como si intuyera la tragedia que se avecina y permanece siete largos años en el seminario; vive la estación de la conciencia y la fe, aislado de esa nueva "época del terror" que asoló los campos y pueblos colombianos. Y de aquel invernadero teológico (en el que las noticias del 9 de abril, según monseñor Builes, eran que una horda de sacrílegos y anticlericales había quemado templos y robado los bienes de las iglesias) sale Camilo en 1956 camino para Lovaina y se encuentra de frente con la realidad de Europa de la posguerra y es seguro que también haya meditado de manera especial sobre la hecatombe ocurrida en Colombia, en la que no se le escapaba que una buena parte de la jerarquía eclesiástica y aun de los simples soldados de Cristo instigaron desde los púlpitos, y de algún modo bendijeron, las matanzas cometidas a nombre de un partido.

Allí en la universidad de Lovaina se inicia lo que pudiéramos denominar la edad de la razón. A través de los instrumentos de la ciencias sociales, y en particular de la sociología, Camilo ausculta las contradictorias realidades de la sociedad contemporánea y se da cuenta que hay abismos y desigualdades entre los hombres que riñen con el sentido que él tiene de su propia vocación religiosa. Pero las teorías tienen un límite, quiere ver de cerca la realidad que analiza, quiere sentir a los seres humillados; no le satisfacen los grandes discursos sociológicos, quiere palpar y medir los problemas así sea a través de la estadística. Por ello regresa a Bogotá a estudiar en el terreno la condición de sus habitantes pobres que será el objeto de su tesis de grado.

Cuando Camilo Torres se instala del todo en Bogotá, acaba de inaugurarse el Frente Nacional con sus extremidades deformes: la paridad y la alternación bipartidistas, y por otro lado, o mejor más hacia al norte y en una Isla, despega la revolución cubana con su aura de justicia y heroísmo que inspirará a toda nuestra América. La vida lo coloca en una pequeña capilla de la ciudad blanca. Allí comienza a andar el Camilo del testimonio cristiano, aquél que no se conforma con la ritualidad y los protocolos externos de una iglesia y una feligresía que no viven de acuerdo a la fe, sino muchas veces en contra de ella; tenía claro que "el ser humano, en sus dimensiones, se puede definir alrededor del amor. Quien ama y cumple las prácticas externas es cristiano. Quien cumple las prácticas externas y no ama, no es cristiano". Camilo realiza un curso acelerado de realidad colombiana y se estrella de modo aparatoso con unas columnas inamovibles fraguadas de violencia, injusticia y exclusión social. Hay que estudiar, promover iniciativas, hacer esfuerzos desde la institucionalidad; el sociólogo se adentra en las raíces del conflicto y descubre las dos Colombias sempiternas (o como él las llama, subculturas): la oligarquía y todo su aparataje de dominación y los excluidos de toda condición.

Alos treinta y tres años, un hecho lo catapulta a la vida pública y su nombre no dejara de oírse ya más: la orden del cardenal Concha Córdoba de que suspenda cualquier actividad en la Universidad Nacional por solidarizarse por unos estudiantes expulsados sin fórmula de juicio. El conflicto con el cardenal será desde ese momento una constante hasta meses antes de su ingreso a la guerrilla, cuando pide la dispensa eclesiástica para dejar los deberes sacerdotales. Niega el permiso a los sacerdotes integrantes de la comisión de Marquetalia, autorizada incluso por el gobierno de Valencia en 1964, para mediar con los campesinos de las denominadas repúblicas independientes y es probable que su gestión hubiese podido aplazar los bombardeos que fueron autorizados días después de la negativa de Concha; lo desautoriza en la junta directiva del INCORA por sus posiciones en defensa de la reforma agraria; le amenaza con la expulsión de la ESAP; la tensión se acrecienta y llegará a su clímax con las cartas públicas del cardenal, en las que condena la plataforma política del frente unido y lo acusa de andar en contravía de la doctrina social de la Iglesia.

El dilema se hizo intolerable para un hombre de la honestidad de Camilo: obedecer a una jerarquía reaccionaria y aliada con las estructuras de poder que proponía transformar a través de la revolución social y política; o sencillamente asumir el compromiso que su conciencia le señalaba; eso lo lleva a decir en su última entrevista concedida al periodista francés Jean-Pierre Sergent, en la segunda mitad de 1965: "Abandoné el sacerdocio por las mismas razones por las cuales me comprometí en él. Descubrí el cristianismo como una vida centrada totalmente en el amor al prójimo; me di cuenta que valía la pena comprometerse en este amor, en esta vida, por lo que escogí el sacerdocio para convertirme en un servidor de la humanidad"

Camilo estaba en el embrión mismo de los conflictos que aún hoy siguen sin solución en Colombia; en esos años el reloj corre de prisa, los frutos podridos del frente Nacional: la impunidad y la exclusión política dejan un sabor amargo en las masas y le plantean a una generación de jóvenes la disyuntiva de participar dentro de los angostos canales del sistema o de subvertirlo a través de la lucha armada. "El Frente Nacional, que como primer partido de clase en Colombia constituye un hecho trascendental en nuestra historia política, comenzó a propiciar como reacción la formación de otro partido de clase: el de la clase popular". Camilo tensa la cuerda hasta donde puede: organiza, viaja, participa, se involucra con los principales sectores sociales y se vuelve vocero de sus demandas; la oligarquía y sus amanuenses lo observan, primero con indulgencia pues sólo ven desvaríos en el joven sacerdote, luego con preocupación cuando empieza a salirse de sus manos y finalmente con mirada y acción conspiradoras que tantos resultados les ha dado en el pasado, cuando no dudaron en eliminar físicamente aquellos líderes (como Gaitán) que ponían en peligro sus intereses.

Camilo era consciente de que caminaba sobre el filo de la navaja y que la distancia del abismo es más pequeña, intuye que tiene muy poco tiempo y pisa a fondo el acelerador de su vida. Se interroga sobre su generación y reclama ante todo la capacidad de comprometerse frente al oportunismo y las divisiones, pues "mientras la clase dirigente, minoritaria pero todopoderosa, se une para defender sus intereses, los dirigentes de izquierda se atacan entre sí, producen desconcierto en la clase popular y representan, en forma más fiel, las criterios tradicionales, sentimentales, especulativos y de colonialismo ideológico".

No se hace muchas ilusiones porque conoce a sus compañeros de ruta: "nuestra generación pasará a la historia como otra más que reaccionó en un momento en que no estuvo satisfecha, pero que cuando recibió un mendrugo de la estructuras, como un perro, dejo de ladrar y se acostó tranquila". Sabias palabras que no sólo retratan a su generación, sino que caen como anillo al dedo a la generación posterior a Camilo, esa que deambula como un fantasma y se quedó a orillas de una historia que pudo ser y no fue nada, o mejor si fue lo que hoy duele todavía, reacción, muerte, exilio y conformismo. Basta mirar lo que ha sucedido con los líderes de la izquierda: los mejores, entre ellos Camilo, bajo tierra, otros en el exilio, y lo más grave: una legión que recibió el mendrugo y hoy son perros guardianes que ladran contra todo aquello que olfatean pueda parecérsele a lo que alguna vez fueron; es como si en plena guerra una buena parte del estado mayor de un bando se hubiese pasado a las filas del enemigo, así no se puede ganar ninguna batalla.

Llega 1965, el año de la apoteosis y Camilo Torres se enfrenta a la cuadratura del círculo: conciliar el sacerdocio con la revolución y unir las distintas fuerzas políticas y sociales opuestas al orden oligárquico. En lo primero opta por la revolución y en lo segundo propone que "mientras los líderes populares no acuerden un frente unido que descarte los personalismos que lo hacen tan sospechosos ante el pueblo, la clase popular no marchará si no se acaba la palabrería izquierdista que es casi tan fatua como la de nuestra clase dirigente". De la noche a la mañana un meteoro recorre la geografía nacional y las masas en las ciudades y en los campos comienzan a escuchar y querer un líder, como no se veía desde Gaitán; Camilo repica y anda en la procesión, hoy está con los estudiantes, mañana con los campesinos, hoy en Bogotá, mañana en Yopal. La iglesia lo arrincona, muchos de sus amigos son unos profesionales del oportunismo; el periódico se vende, de todas partes lo invitan, crece, crece la audiencia. Las elecciones son un fraude, el que escruta, elige, por lo tanto no se puede ir a elecciones; el partido comunista, la democracia cristiana quieren ir a elecciones y empiezan a resquebrajarse las grietas del Frente Unido. Camilo juega un juego peligroso y lo sabe, cede la iniciativa política a un grupo pequeño de insurgentes en las montañas de Santander; no entiende que las armas son geometría mientras que la política de masas es aritmética. Se impacienta al máximo, los perros de presa están cerca, lo vigilan y amedrentan; su fiel amiga Getemi le acompaña y quiere correr su suerte, su madre siempre a su lado; quema las naves y se va para el monte. Lo demás es una historia más o menos conocida.

Si el padre Camilo Torres es un espejo en el que hoy todavía podemos mirarnos o en el que nos resultaría difícil mirarnos, es porque nos revela desde el inevitable pasado unas enseñanzas de la historia y unas claves de la encrucijada actual. La conclusión suya de que las vías legales estaban agotadas para cambiar el sistema, fue también una certeza a la que llegó una generación posterior de colombianos que tomó las armas, y en ese sentido, su ejemplo y su sacrificio fue entendido al revés, porque se llevó el conflicto social al terreno preferido por la burguesía: la violencia y la represión del estado que legitima su institucionalidad y aplaza indefinidamente cualquier cambio que modifique el status-quo. Más allá del mito que muchos propagan y de la frágil memoria histórica que lo ha vuelto invisible, Camilo pone en evidencia muchos problemas para quien se asome a esos años de su vida política: que no es fácil cambiar las cosas, ni por las buenas ni por las malas; que la clase dirigente es implacable a la hora de la defensa de sus intereses; que la desunión de las fuerzas opositoras al sistema es un carta ganadora para su mantenimiento; que el establecimiento, además de las armas y el terrorismo de estado, si es necesario, posee un arsenal de halagos y prebendas para los líderes inconformes; que un hombre consecuente es aquél que actúa de acuerdo a como siente y piensa, que el agotamiento de la religión católica como guía de conducta del pueblo estaba ligado a su fariseísmo y a el matrimonio de los jerarcas con el régimen…

En fin, uno podría hacer suyas, las palabras de Bolívar en su carta de despedida a su prima, Fanny de Viliers: "me tocó la misión de un relámpago, rasgar un instante la tiniebla, fulgurar un momento en el abismo y tornar a perderme en el vacío"

*El autor es el editor del libro Camilo Torres: Cruz de Luz (Ediciones FICA y Veramar, Bogotá, marzo de 2006). El anterior ensayo hace parte de este libro.